Uno de los descuidos más grandes

Tengo una profesión que agradezco. La salud emocional de las personas es uno de los descuidos más grandes en estos tiempos de incertidumbre, ajetreo y velocidad. Poder ayudar a un lector, a un consultante o a otra persona con la que compartimos condición es de las mejores experiencias de vida. Dejar un poco de sí en la vida de otros hace que nuestro camino cobre mucho sentido.

También, esta profesión me parece agotadora. Especialmente cuando se trata de tomar decisiones, algunos pensamos que somos muy jóvenes cuando tenemos que elegir carrera universitaria y el futuro de nuestra vida y nuestra descendencia. Somos igualmente jóvenes cuando decidimos formar una familia y al no existir un manual para la maternidad o paternidad, esta tarea se vuelve complicada y uno debe ir aprendiendo sobre la marcha. Por supuesto que nadie está exento de cometer errores. Uno como padre los cometerá miles de veces pero intentará, a su manera y ritmo, crear individuos mental y emocionalmente sanos, en entornos llenos de armonía, donde la disciplina forma parte de la educación para el futuro y donde lo que hagamos tendrá repercusión en la vida de muchos que nos siguen en línea directa.

Cuando la diabetes tipo 1 llega a casa esta labor de ser padre y madre se torna todavía más compleja. Dedicar en cuerpo y alma lo mejor y lo peor de sí mismo para la calidad de vida de quien más amamos es una labor emocionalmente agotadora. El precio que pagamos es alto pues nuestra calidad de vida sin duda sufre dos o tres percances pero, ver la sonrisa, la glucosa en rango y las emociones de vida en nuestro pequeño es inigualable.

Para ti que me lees y para muchos otros esto suena una tarea natural, te preguntarás quizá por qué estamos hablando de eso ¿no acaso es mi tarea de padre y madre vigilar el futuro de los míos con amor y determinación? Déjame contarte que no siempre es así y que con frecuencia mi consultorio y vida personal están llenos de ejemplos tristes donde puedo asegurarle al universo que se ha equivocado colocando a un niño con diabetes bajo un techo que no comprenderá su condición y no lo amará con sus virtudes y carencias. No solo pasa con los niños con diabetes, pasa en el mundo en general pero con los niños con diabetes es un tema mucho más delicado.

Yo sé que no hay un manual y que nadie nunca nos prepara para ser padres, nadie nunca nos dice lo verdaderamente cansado que es, nadie nos prepara para una vida llena de emociones, retos, hambre y sueño. Nadie nos lo cuenta. Hoy intenté hacer una lista, seguramente incompleta pero que espero deje algo en ti o que puedas imprimir para llevar en tu bolso cuando sientas que estás a punto de tirar la toalla. No lo hagas, el mundo nos necesita a todos.

Menos en mi, más en ellos. Ser mamá o papá de ninguna forma significa olvidarte de ti. Sin embargo significa muchas veces pensar más en ellos que en nosotros. Cuando tienes un hijo con diabetes tus necesidades pasarán a segundo plano pues tu vida no depende de una toma de decisiones constante y la de tu pequeño sí. Dedica tiempo para ti pero sin duda dedicarás más tiempo para él o ella. Recuerda que eres responsable de la formación de un individuo sano. La mejor recompensa será verlo sonreir al final del día.

Diabetes, de todos nosotros. Tienes razón, la diabetes no es tuya. Vive acompañando a tu hijo. Sin embargo, la diabetes no es cosa de uno. Es cosa de todos especialmente en casa. Es de todos tus hijos y de los abuelos también. Es una tarea familiar donde todos comerán de forma saludable (puesto que así debe ser en un entorno también sin diabetes) donde todos hacen ejercicio y donde todos procuran vigilar su salud emocional. ¿Por qué terapia familiar si yo no soy el del problema? Es una pregunta que escucho con frecuencia. Sin embargo, para mi, la diabetes NO es de una sola persona y si no estás dispuesto a olvidarte de ti unos minutos para actuar como familia el resultado no será el que esperabas.

Mascarillas. Mis papás hicieron gran trabajo. Estoy absolutamente segura de que estaban agotados, de que no dormían por revisar mi glucosa. Yo nunca me enteré sino hasta la edad adulta. Entendí entonces las ojeras de mi mamá y los bostezos de mi papá. Sí, decidieron no salir de fiesta y aveces no acompañar a los amigos con tal de vigilar mi glucosa y mi bienestar. Sí, lo hicieron porque me aman como yo amo a mi hijo y puedo pasar la noche entera sobando sus pies cuando tuvo un mal día. Usa mascarillas, una ojera es un precio muy pequeño por una noche tranquila.

Empatía. Comprenderás, que el diagnóstico de una condición crónica en un niño es complejo. No esperes a un niño comprendiendo por completo su nueva condición en dos días. Dale tiempo para llorar, para enojarse, para cuestionarse, todos estos sentimientos son prueba de que es humano, de que es persona, de que es individuo. “Es que está enojada todo el tiempo” es normal, lo extraño sería que aceptara sonriendo una condición que cambiará su vida. La tristeza prolongada no es buena señal, puede tratarse de un estado depresivo pero, la tristeza inicial es comprensible. Aprende a abrazar, a escuchar y a permitir aprendizaje en todas y cada una de sus emociones. Acompaña su enojo y su tristeza. Eso, es absolutamente normal.

Distancias, esfuerzos. “No esperes todo en charola de oro” le digo con frecuencia a mi hijo. Lucha por alcanzar grandes metas, recorre largas distancias que la vida sin estos retos tiene menos sabor que una vida con dos o tres obstáculos. Traza planes, traza rutas, esfuérzate para merecer tu lugar en el mundo. Si tienes un hijo con diabetes no esperes todo en tu casa a la vuelta de la esquina. Agradece el acceso a las herramientas, sean muchas o pocas, agradece el adelanto médico, sean muchos o poco.

Mi lado emocional está seguro de que los papás con niños con diabetes son grandiosos. No cualquiera tiene un hijo con diabetes. No cualquiera hace feliz a un niño único y especial. Agárrate fuerte, que ser papá no es tarea sencilla. Ser papá de un pequeño con diabetes lo es menos pero el resultado es siempre maravilloso cuando llegamos a la vida adulta.

Escrito por: Mariana Gómez, Psicóloga y Educadora de Diabetes 

Share this post